Lo que nos llevamos a la boca
Fecha de Publicación:
28/03/2010
Fuente: Público (España)
País/Región: Internacional
Por Gustavo Duch
Editor de la revista ‘Soberanía Alimentaria, Biodiversidad
y Culturas’. Autor de ‘Lo que hay que tragar’
Si atendemos a los comunicados de, por ejemplo, la
Asociación Médica de EEUU, deberíamos asegurarnos de que cada uno de
nosotros y nosotras estemos bien lejos de la exposición a los
pesticidas. Según dicen, “existe incertidumbre acerca de los efectos de
la exposición prolongada a dosis bajas de pesticidas. Los sistemas de
supervisión actuales son inadecuados para definir los riesgos
potenciales relacionados con el uso de pesticidas y con enfermedades
relacionadas con pesticidas. (…) Teniendo en cuenta esta falta de
datos, es prudente limitar la exposición a pesticidas y usar los
pesticidas químicos menos tóxicos o recurrir a alternativas no
químicas”. Pero caminamos en el sentido contrario, porque, además de la
exposición directa que sufren muchas personas, por ejemplo,
trabajadoras y trabajadores agrícolas, todos, poco o mucho, acabamos
tragando alguna clase de pesticidas transportados por los alimentos que
contienen transgénicos, cuando tenemos –como recomienda la asociación–
una alternativa, mejor dicho, un derecho, muy sencillo: disponer de
comida libre de transgénicos.
En la actualidad, dos de los transgénicos más extendidos
llegan, aunque sea en bajas dosis o como residuos, a nuestros platos.
Soja bañada de un pesticida llamado glifosato y maíz que incorpora una
toxina letal para los insectos.
La soja –no la confundamos con la usada en la alimentación
asiática– nos llega desde el cono Sur de Latinoamérica y especialmente
de Argentina, y su rasgo transgénico la hace inmortal a dicho
pesticida; por lo tanto, se le riega y se le riega con esa sustancia.
Aunque aquí no consumimos esa soja directamente, es la base de la
alimentación de nuestra ganadería intensiva y un ingrediente importante
de la comida industrial, donde la encontramos en forma de lecitina en
la bollería, las salsas, las papillas, etc. ¿Y qué ocurre con los seres
humanos que entran en contacto directo con el glifosato, como ocurre en
muchas poblaciones de esas regiones? Los datos empíricos son claros:
malformaciones embrionarias, enfermedades dérmicas, respiratorias y
aumento de casos de cáncer. Y en el laboratorio, cuando se estudia con
animales, hay ya numerosos y rigurosos estudios muy preocupantes que
han determinado, por ejemplo, que el glifosato puede inhibir el cese de
la reproducción de una célula en ensayos sobre el erizo de mar; que la
aplicación de glifosato sobre fuentes de agua con anfibios en
desarrollo destruía el 70% de la biodiversidad de anfibios y el 86% en
renacuajos; que hay una estrecha relación entre Linfoma No Hodgkin (un
tipo de cáncer) y el glifosato; y, por último, los más conocidos
estudios dirigidos por el doctor Gilles-Eric Seralini, de la
Universidad de Caen en Francia y asesor de la Comisión Europea, que
demuestra en unos trabajos publicados en la revista Scientific American
que tal sustancia produce la muerte de las células embrionarias,
placentarias y del cordón umbilical, dando origen a malformaciones,
teratogénesis y tumores.
El mismo Dr. Seralini alerta, en un reciente estudio
publicado en International Journal of Biological Science, sobre qué le
pasa a los animales de experimentación alimentados con maíz con las
toxinas Bt antes mencionadas: a los tres meses en los análisis de
sangre encuentra un aumento de grasa en sangre, de azúcar y problemas
de riñones y de hígado. Este maíz, aunque sólo está aprobado para
alimentar ganado, lo tenemos más cerca. En España hay 100.000 hectáreas
dedicadas al cultivo de maíz transgénico. La contaminación de este maíz
a los cultivos convencionales o ecológicos para el consumo humano está
demostrada. Saquen ustedes la conclusión.
Y ahora la Comisión Europea ha aprobado un nuevo cultivo
transgénico, la patata. Al igual que el maíz y la soja
(mayoritariamente de Monsanto, al igual que el glifosato requerido) se
trata de un cultivo para usos industriales y piensos. Basf, propietaria
de la frankenpatata, aspira a ganar unos 20 millones de euros al año.
La modificación genética, esta vez, no tiene que ver con pesticidas, se
trata de hacer más aprovechable su almidón, pero lleva, como alertan
las organizaciones ambientalistas, genes resistentes a los
antibióticos. ¿Y para qué le sirven en este caso? En el campo para
nada. Sólo son utilizados como marcadores para localizar los genes
modificados en los laboratorios. Pero, en cambio, si entran en la
cadena alimentaria favorecerán la creación de resistencia de las
bacterias a esos antibióticos. Y perderemos un recurso
médico.
Estas son algunas de las hipótesis de los efectos sobre
nuestra salud. Pero me queda uno. Miren, a medida que los transgénicos
avanzan, desaparecen las pequeñas fincas productoras de alimentos
diversos y de calidad. La soja arruina a las chacras y tambos y en
Argentina han de recurrir entonces a alimentarse de carne producida
intensivamente, siempre menos saludable que la producida
extensivamente, sin nada más que sol y hierba. Y en España el avance
del maíz significa la desaparición del pequeño hortelano y hortelana, y
nos queda comer lechugas y tomates (porque no hay mucha más variedad)
producidos bajo plásticos con mucha química encima.
¿Son los transgénicos la solución contra el hambre? Si no
están destinados para el uso humano, está claro que no. Y si cuando nos
los comemos nos pasa como a los ratoncitos, ¿por qué no se prohíben?
Nuestra mesa está gobernada por Monsanto, Basf y
compañía.
FUENTE: Ecositio-Noticias
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